Volver al BlogTrabajo y futuro del trabajo

El trabajo como identidad social tiene 150 años. La vida humana es mucho más antigua.

Lucio Cassone23 de abril de 202610 min

Hace unos días cené con Fabio Lalli. Hablamos sobre inteligencia artificial, automatización y las formas en que estas fuerzas están redefiniendo los límites de nuestra vida cotidiana. Aquella conversación inspiró a Fabio a escribir un artículo que recomiendo leer: 2100, el año en que por fin volvimos a ser humanos. Gracias a las máquinas, en el que imagina un futuro donde las máquinas nos liberan de la carga de la producción forzada, permitiéndonos redescubrir nuestra esencia. Una visión que comparto y que me empujó hacia una reflexión muy pragmática.

El año 2100 queda muy lejos de mi horizonte biológico. Y no tengo intención de delegar mi libertad en un siglo que no viviré.

Por eso escribo ahora. Porque la liberación no puede ser un pagaré firmado hoy para que lo cobren nuestros bisnietos. Es la premisa sobre la que hemos construido nuestro presente la que necesita ser revisada.

La idea de que el trabajo incesante es la condición natural del ser humano es falsa. Medible e históricamente falsa. No nos estamos moviendo hacia algo nuevo. Estamos corrigiendo una anomalía.

La anomalía que confundimos con naturaleza

En 1972, el antropólogo Marshall Sahlins publicó Stone Age Economics, un libro que debería haber reescrito nuestra comprensión de la historia del trabajo. Su argumento era incómodo: las sociedades de cazadores-recolectores, que solemos imaginar en lucha constante por la supervivencia, trabajaban una media de tres a cuatro horas al día. El resto del tiempo lo dedicaban al descanso, la socialización, el juego y el ritual. Sahlins las llamó las sociedades originalmente opulentas: no porque tuvieran mucho, sino porque de forma constante tenían exactamente lo que deseaban.

La Europa medieval no era tan distinta. Jacques Le Goff documentó cómo el calendario litúrgico garantizaba entre cien y ciento cincuenta días festivos al año, jornadas en las que se suspendía todo trabajo no esencial. La Iglesia imponía el descanso como una obligación moral. El trabajo ininterrumpido se consideraba exceso, no virtud.

El mundo antiguo era aún más explícito y, en cierto sentido, más honesto. Para los griegos, el trabajo manual tenía un nombre preciso: banausía. Se consideraba degradante, físicamente deformante e incompatible con la vida de un ciudadano libre. No por un esnobismo superficial, sino por una convicción antropológica precisa: quien se veía obligado a trabajar con las manos para sobrevivir no podía ser plenamente libre. Dependía de otros —del mercado, del amo, del clima—. Y quien depende no puede pensar, deliberar ni participar auténticamente en la vida cívica.

El tiempo libre, en cambio, tenía un nombre noble: skholé. De ahí procede, no por casualidad, la palabra “escuela”. La skholé no era ocio en el sentido moderno, ni ausencia de actividad. Era el tiempo dedicado a lo importante: la vida cívica, la filosofía, el cuidado de las relaciones y la participación en la polis. Aristóteles lo dejó claro: la realización plena del ser humano —lo que llamó eudaimonía, comúnmente traducido como felicidad pero más precisamente como florecimiento— requería tiempo liberado de la necesidad. Sin skholé, no era posible una buena vida.

Roma desarrolló el mismo concepto con matices distintos. El otium latino, traducido apresuradamente como ocio, era en realidad el tiempo para la lectura, la reflexión, la correspondencia intelectual y el cuidado de uno mismo. Cicerón lo consideraba una condición necesaria para la sabiduría. Séneca le dedicó algunos de sus escritos más poderosos, advirtiendo que quien no puede estar a solas consigo mismo es esclavo incluso sin que nadie lo obligue. El negotium, literalmente la negación del tiempo libre, era lo que se hacía por necesidad, no por elección. No era el centro de la vida: era el precio que se pagaba para poder vivirla.

Debemos ser honestos en algo: estas sociedades se sostenían sobre la esclavitud. La skholé de unos pocos era posible gracias al trabajo forzado de muchos, hombres y mujeres privados no solo de tiempo libre, sino de libertad, dignidad y humanidad reconocida. Es una contradicción que no puede minimizarse ni ignorarse.

Aristóteles, que teorizó la plena realización del ser humano, justificó la esclavitud como algo natural. Es uno de los fallos morales más evidentes del pensamiento antiguo.

Y, sin embargo —y este es el punto que merece conservarse—, el principio filosófico que estas culturas vislumbraron sigue siendo válido independientemente de su aplicación distorsionada: existe una diferencia cualitativa entre el tiempo dedicado a sobrevivir y el tiempo dedicado a vivir. Entre hacer por necesidad y ser por elección. Esa distinción, que el mundo grecorromano al menos llegó a teorizar, es precisamente la que la Revolución Industrial borró. No solo para los esclavos, sino para todos.

Con la Reforma protestante, analizada por Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, y posteriormente con la Revolución Industrial, el trabajo pasó de ser una necesidad práctica a un deber moral. El historiador E. P. Thompson describió cómo las fábricas reescribieron literalmente la relación humana con el tiempo: de un tiempo cíclico, ligado a las estaciones y a los ritmos del cuerpo, a un tiempo lineal marcado por el reloj y la sirena de fábrica. Dejamos de vivir el tiempo y empezamos a consumirlo.

Ciento cincuenta años de teología calvinista, industrialización y disciplina fabril se confunden hoy con la naturaleza humana, olvidando todo lo que esta especie vivió durante los doscientos mil años anteriores.

La paradoja de la productividad y el riesgo del vacío

La Revolución Industrial no se detuvo en el tiempo de trabajo. Colonizó todo lo demás.

Frederick Winslow Taylor, ingeniero estadounidense de finales del siglo XIX, sistematizó lo que llamó gestión científica: cada movimiento del trabajador debía medirse, optimizarse y estandarizarse. El cuerpo humano se convirtió en un mecanismo a calibrar. El pensamiento, la pausa, la intuición, el momento de distracción creativa, eran desperdicios a eliminar. El taylorismo no fue solo un método de producción: fue una filosofía del ser humano. Sostenía que el valor de una persona se mide en producción por unidad de tiempo. Y esa filosofía salió de las fábricas y entró en escuelas, hospitales, oficinas y familias.

Henry Ford llevó el sistema a su conclusión lógica. La cadena de montaje no pedía pensar: pedía repetir. Un gesto, mil veces al día, cada día. El tiempo dejó de tener ritmo; solo tenía cadencia. Y Ford entendió algo que muchos subestimaron: para que el sistema funcionara, los trabajadores también tenían que consumir lo que producían. La semana laboral de cinco días no nació de la generosidad, sino del cálculo. El sábado libre existía para dejar espacio al consumo. El descanso se volvió funcional a la producción. Incluso el tiempo libre tenía dueño.

Lo que ocurrió después es la historia que aún llevamos en el cuerpo.

El modelo fordista-taylorista salió de las fábricas y rediseñó toda la organización social. Los ritmos de sueño se sincronizaron con los turnos de trabajo, no con el sol. Las comidas se convirtieron en pausas programadas. Las ciudades se estructuraron en torno a los tiempos de desplazamiento. Incluso la arquitectura doméstica se adaptó: la cocina moderna, racional y eficiente, es heredera directa de la cocina diseñada por Frank Lloyd Wright en los años 20, pensada para minimizar movimientos y maximizar la rapidez en la preparación de alimentos. Nada escapó a la lógica de la optimización.

El resultado fue una transformación antropológica sin precedentes. Por primera vez en la historia de la especie, el tiempo humano se dividió en dos categorías rígidas y jerárquicas: el tiempo productivo, que tenía valor, y todo lo demás, que era recuperación funcional para seguir produciendo. La vida real —la de las relaciones, la contemplación, el juego y el cuidado— quedó relegada a los márgenes. No porque alguien lo decidiera conscientemente, sino porque el sistema no tenía forma de contabilizarla, y lo que no se puede medir deja de existir socialmente.

La tecnología nunca revirtió esta trayectoria. Bertrand Russell ya lo entendió en 1932: si la productividad se duplica, las horas de trabajo no se reducen a la mitad. Producimos el doble o inventamos nuevo trabajo para llenar el tiempo. Juliet Schor documentó esta paradoja en The Overworked American: a pesar de décadas de aumento de productividad, los estadounidenses trabajan más horas que sus abuelos. David Graeber, en Bullshit Jobs, mostró a dónde nos ha llevado esto: una parte significativa del trabajo contemporáneo no produce valor real. Existe porque nuestra cultura no sabe imaginar personas que simplemente no trabajen.

La IA puede hacer el trabajo en nuestro lugar, pero si no cambiamos la premisa de fondo —si nuestro valor sigue ligado a cuánto producimos— la liberación tecnológica corre el riesgo de convertirse en una crisis masiva de identidad. Si durante casi dos siglos el trabajo ha sido el gran relato que nos sostenía, ¿qué ocurre cuando ese centro desaparece?

El riesgo no es la inactividad. Es la atomización: ser libres, pero sin un lenguaje común para estar juntos.

Necesitamos un nuevo proyecto colectivo —una nueva “catedral”— cuyo valor se mida en relaciones y cohesión, no en márgenes y rentabilidad.

Cuando desconectarse es más honesto que fingir entusiasmo

Los jóvenes ya se están moviendo en esta dirección, muchas veces sin saberlo. El fenómeno del quiet quitting, documentado por Gallup —según el cual más del 60% de los trabajadores menores de 35 años se declaran activamente desvinculados— no es pereza. Es una respuesta inmunitaria a un sistema que ya no cumple sus promesas. Es la negativa a sacrificarse por una insignia a cambio de una identidad prestada. Buscan un sentido que no necesariamente sea facturable. Y tienen razón.

Pero el quiet quitting es solo la superficie visible de algo más profundo.

Debajo hay una crisis de sentido que los datos demográficos describen mejor que cualquier encuesta de bienestar laboral. En casi todos los países de altos ingresos, las tasas de natalidad están cayendo en picado. Las explicaciones económicas —coste de vida, precariedad, acceso a la vivienda— son reales pero parciales. Hay algo más radical: una generación que ha interiorizado que traer hijos al mundo puede significar condenarlos a un sistema que ya no sabe qué ofrecer a cambio del sacrificio que exige.

El psicólogo Jonathan Haidt, en The Anxious Generation, documenta cómo la ansiedad, la depresión y el sentimiento de inutilidad entre los jóvenes han aumentado de forma constante desde principios de los 2000. Las redes sociales amplifican el problema, pero no lo crean: son el entorno donde se manifiesta un vacío previo. Cuando el trabajo deja de dar identidad y el tiempo libre se llena de scroll infinito, queda poco a lo que agarrarse.

También emerge un fenómeno con nombre propio en Japón, hikikomori, que empieza a replicarse en Europa y Norteamérica: la retirada voluntaria de la vida social y laboral por agotamiento existencial. No hay protesta ni organización. Hay retirada. Es la forma más silenciosa y radical de rechazo del sistema, y también la más preocupante.

Lo que comparten todos estos fenómenos no es pereza ni narcisismo generacional. Es la ruptura de un pacto implícito: sacrifica y produce, y a cambio tendrás identidad, reconocimiento y pertenencia. Ese pacto se ha roto. Y nadie ha propuesto aún una alternativa creíble.

Aquí la pregunta deja de ser sociológica y se vuelve práctica: si el trabajo ya no puede ser el centro moral de la vida adulta, ¿qué lo sustituye?

Donde trabajas no es neutral

Si aceptamos que el trabajo como identidad es una anomalía histórica, la pregunta es inevitable: ¿qué entornos pueden albergar algo distinto?

La investigación organizacional es clara: los coworkings funcionan no por la infraestructura, sino por la comunidad. La innovación surge de la colisión de ideas, no del aislamiento.

Pero no son neutrales. Pueden ser espacios reales de conexión o simples oficinas compartidas sin alma. La diferencia está en cómo se diseñan y gestionan.

Para freelancers, resuelven la flexibilidad pero introducen otro reto: la desaparición de límites entre trabajo y vida. Lo que más impacta en el bienestar no es el wifi, sino el sentido de pertenencia.

Para empresas, la clave es otra: en un mundo automatizado, la ventaja competitiva está en ideas que las máquinas no generan. Y esas ideas nacen en espacios donde el tiempo no productivo —conversaciones, café, fricción— se considera inversión, no pérdida.

El coworking no es logística. Es una respuesta cultural.

La pregunta que queda

Hay un hilo común: durante milenios, el tiempo no estuvo completamente subordinado a la producción.

Luego lo perdimos.

La IA no reabre la cuestión por sabiduría, sino por eficiencia: cuando una máquina hace en segundos lo que antes llevaba horas, la pregunta ya no es técnica, sino existencial.

Si no eres lo que produces, ¿quién eres?

No necesitamos esperar al futuro. Necesitamos:

  • Un nuevo lenguaje del valor.
  • Una nueva arquitectura del tiempo.
  • El coraje de no responder demasiado rápido.
  • La pregunta real es simple y radical:

    ¿Qué estamos construyendo juntos, y para quién?

    Si el trabajo incesante es una anomalía de 150 años, la verdadera pregunta no es qué haremos cuando las máquinas trabajen por nosotros.

    Es por qué hemos necesitado una máquina para recordar que teníamos derecho a existir sin tener que justificarlo.

    Bibliografía

  • Marshall Sahlins, Stone Age Economics, Aldine-Atherton, Chicago, 1972
  • Max Weber, L’etica protestante e lo spirito del capitalismo, 1905 (trad. it. BUR, 2015)
  • E.P. Thompson, “Time, Work-Discipline, and Industrial Capitalism”, Past & Present, n. 38, 1967
  • Jacques Le Goff, Tempo della Chiesa e tempo del mercante, Einaudi, Torino, 1977
  • Aristotele, Politica, VIII libro (trad. it. Laterza, 2016)
  • Seneca, De Otio, I sec. d.C. (trad. it. BUR, 2012)
  • Bertrand Russell, “In Praise of Idleness”, Harper’s Magazine, 1932
  • Juliet Schor, The Overworked American: The Unexpected Decline of Leisure, Basic Books, 1992
  • David Graeber, Bullshit Jobs: A Theory, Simon & Schuster, New York, 2018
  • Jonathan Haidt, The Anxious Generation, Penguin Press, New York, 2024
  • Gallup, State of the Global Workplace Report, 2023
  • Ricarda B. Bouncken et al., “Coworking spaces: Empowerment for entrepreneurship and innovation in the digital and sharing economy”, Journal of Business Research, vol. 114, 2020
  • Ricarda B. Bouncken, Aslam M.M., Qiu Y., “Coworking spaces: Understanding, using, and managing sociomateriality”, Business Horizons, vol. 64, n. 1, 2021
  • Marko Orel et al., “Coworking spaces as talent hubs”, Review of Managerial Science, vol. 16, n. 5, 2022
  • Nicola Del Sarto et al., “Do start-ups benefit from coworking spaces? An empirical analysis”, Review of Managerial Science, vol. 17, n. 7, 2023
  • Domenico Berdicchia et al., “The key to happiness in collaborative workplaces”, Review of Managerial Science, vol. 17, n. 4, 2023
  • Jennifer Johns et al., “Coworking spaces and workplaces of the future”, European Management Review, 2024
  • Fabio Lalli, “2100, l’anno in cui finalmente siamo tornati a fare gli esseri umani. Grazie alle macchine”, StartupItalia, 9 aprile 2026