Volver al BlogTecnología y sociedad

El Fantasma de Ned Ludd entre los Servidores de Málaga

Lucio Cassone2 de febrero de 20263 min

Leer Blood in the Machine de Brian Merchant mientras trabajas en Innovation Campus genera una disonancia necesaria. El término "ludita" se ha convertido en un insulto fácil: lo usamos para etiquetar a cualquiera que muestre resistencia hacia la última tendencia tecnológica. Pero el ensayo de Merchant da la vuelta a esta idea. El ludismo nunca fue una guerra contra el progreso. Fue una guerra por el control del progreso.

Un problema de poder, no de engranajes

Los luditas de principios del siglo XIX eran trabajadores altamente cualificados. Conocían sus telares, los apreciaban y de ellos obtenían tanto su sustento como su dignidad. Su revuelta no estaba dirigida contra la maquinaria en sí, sino contra la forma en que se utilizaba: como herramienta para desmontar derechos, reducir la calidad de la producción y concentrar la riqueza en manos de unos pocos propietarios de fábricas.

Merchant lo deja claro: los luditas entendían la automatización mejor que nadie. Sabían que la tecnología nunca es neutral. Cuando la introducción de una máquina sirve para justificar salarios de miseria y destruir el tejido social de una comunidad, esa máquina se convierte en un arma política.

Tecnocracia y "progreso inevitable"

En 2026, la narrativa no ha cambiado. Se nos repite que la llegada de la inteligencia artificial y la omnipresencia digital son procesos inevitables, fuerzas de la naturaleza a las que debemos adaptarnos. Quien plantea dudas es descartado como un dinosaurio. Pero miremos los hechos:

  • Los repartidores de la gig economy (como Deliveroo o Glovo) están coordinados por algoritmos que deciden turnos, rutas y pagos sin transparencia. El sistema optimiza costes para la empresa, no la sostenibilidad del trabajo humano.
  • Los moderadores de contenido ven miles de imágenes traumáticas al día, cobran muy poco y son reemplazados en cuanto el impacto psicológico resulta insoportable. La IA aún no puede filtrar todo, por lo que el "trabajo sucio" se externaliza a personas tratadas como extensiones de la máquina.
  • Los profesionales digitales compiten ahora con algoritmos que generan contenido en milisegundos. El problema no es la existencia de la automatización, sino su uso para reducir tarifas y saturar el mercado con contenido mediocre.
  • Este es el ludismo contemporáneo: no rechazar la tecnología, sino cuestionar quién controla su uso y en qué condiciones.

    Repensar la innovación en un coworking

    Hablar de estos temas en un espacio de coworking como Innovation Campus no es una contradicción, sino una responsabilidad. La innovación sin reflexión ética y social se convierte en ese "dios del beneficio" contra el que lucharon los trabajadores ingleses hace dos siglos. Málaga se está consolidando como hub tecnológico global, pero la tecnología sin comunidad es solo eficiencia fría.

    ¿Qué significa innovar de forma diferente en la práctica? Significa apostar por:

  • Cooperativas de plataforma donde los trabajadores sean propietarios del algoritmo.
  • Software de código abierto gobernado por las comunidades que lo utilizan.
  • Transparencia algorítmica que devuelva el poder de decisión a las personas.
  • No son utopías. En Barcelona, los taxistas crearon una cooperativa digital para competir con Uber; en Europa, el Digital Services Act empieza a exigir que las plataformas expliquen cómo funcionan sus sistemas de recomendación. Son estrategias concretas para evitar que la tecnología simplemente amplifique las desigualdades existentes. Si el poder se distribuye, la tecnología puede distribuir oportunidades.

    El ludismo como claridad

    El libro de Merchant no es un manifiesto contra los ordenadores. Es una advertencia contra la obediencia ciega a un sistema tecnocrático que pisa a las personas y las tradiciones en nombre de un crecimiento que no pertenece a todos.

    Una innovación sin control democrático no es más que la automatización de la desigualdad. Si trabajamos en este sector, la pregunta no es "¿podemos construirlo?", sino "¿quién lo posee, quién decide y quién paga el precio?". Los luditas no perdieron por oponerse al progreso, sino porque no tenían suficiente poder para moldearlo.

    Todavía tenemos margen para elegir: ¿queremos ser engranajes de un sistema o arquitectos de un progreso que no deje a nadie atrás?